La Trampa de las Redes Sociales



No hace mucho, un revelador documental estrenado en Netflix, titulado “El dilema de las redes sociales”, ponía nombres y datos a un problema tan conocido como ignorado: la manipulación y adicción de las redes sociales. Hace poco, en 2018, Facebook se vio salpicada por un escándalo que le hizo perder 37.000 millones de dólares en un solo día. A causa de la obtención, y manipulación fraudulenta, de más de 50 millones de datos personales de usuarios de esta red social por parte de la compañía Cambridge Analytica. Los datos obtenidos sirvieron para elaborar perfiles psicológicos de los usuarios y enviarles publicidad personalizada, y noticias falsas que se difundieron a través de otras redes, blogs y medios. Una acción que, se cree, tuvo un importante poder de decisión en las elecciones que dieron la victoria a Donald Trump. Los casos en los que las redes sociales han jugado un papel en la manipulación intencionada de alguna situación política, sanitaria o empresarial son, con seguridad, muchos más de los que han trascendido. No por eso podemos alegar que no estamos al tanto de las fake news, deep fakes, montajes, escándalos y todo tipo de desinformaciones que abundan en las redes. Ni podemos justificarnos diciendo que no es fácil distinguir la verdad de la mentira, cuando tardamos menos de dos segundos en compartir cualquier noticia morbosa que llegue a nuestro móvil, muchas veces sólo leyendo el titular. A través de las redes sociales, no sólo se gestan los cambios de gobierno o las crisis diplomáticas. Cada vez son más desalentadores los estudios que alertan de los riesgos de permitir a los más jóvenes exponerse a todo lo que sale por la pantalla del teléfono o el ordenador, cuando aún no tienen criterio para diferenciar lo bueno de lo malo. “El dilema de las redes sociales” es un muy buen ejemplo de cómo todo esto está sucediendo aquí y ahora, en América, en Europa, en Asia... Las redes han creado un perverso entramado de recopilación y análisis de datos, y han logrado al mismo tiempo convencer a la gente de que esos datos, SUS datos, son anónimos y sólo se usan para mejorar la experiencia de usuario. No es que sea falso, pero tampoco es cierto y, desde luego, no es bueno. Esos supuestos datos sin nombre ni apellidos cuentan con una obscena cantidad de información sobre gustos, aficiones, odios, familia, conocidos, ubicaciones, enfermedades, situación social y cualquier otra cosa que, hoy día, la IA sea capaz de extraer de una frase, un vídeo, una foto, un emoji... Cualquiera de los cientos y miles que podemos llegar a publicar a lo largo del año. “Mejorar nuestra experiencia de usuario” es un pérfido eufemismo con el que obtienen gratis un completo perfil de nuestra persona, con el que elaboran un “alimento” exclusivo para cada usuario. Y cuidado, que el menor de nuestros problemas es la publicidad personalizada; lo que de verdad debería preocuparnos es la burbuja, la “matrix” particular que las redes crean para nosotros. Dándonos aquello que más nos estimula a dar respuestas emotivas, ya sea mediante lo que nos gusta o lo que nos disgusta especialmente. Alimentando nuestros amores y nuestros odios nos vamos adentrando, poco a poco, en la polarización extrema. Cada vez quedan menos colores en el espectro. Las distintas tonalidades de las personalidades humanas se van movilizando hacia los extremos, y dentro de poco volveremos a ver el mundo en blanco y negro, porque no existirá nada más. Hasta ese punto es fuerte la influencia de las redes. O quizá deberíamos expresarnos mejor: no se trata de las redes, sino de los que se enriquecen y sacan provecho de ellas. Se nos llama “usuarios”, pero en realidad somos un producto en venta, un producto que se puede moldear al gusto del que paga: ¿Quieres una revolución?, ¿un cambio de mentalidad?, ¿sustituir a los molestos “pobres” por los inocuos “desfavorecidos”?, ¿cambiar la terrible “crisis económica” por un confuso “crecimiento negativo”? Lograrlo no es tan difícil cuando tienes los medios, y los medios son las redes sociales. Así es como, a fuerza de ver repetidas siempre las mismas noticias, los mismos enfoques, los mismos debates, los mismos argumentos, las mismas imágenes, las mismas ideas... nos vamos adentrando más y más en el sesgo que representan. Las tácticas “marketinianas” de experiencia de cliente saben que la clave está en la personalización. Conforme se han ido perdiendo los comercios tradicionales, la clientela de toda la vida y la confianza que da la experiencia y el conocer a la persona, las grandes corporaciones han entrado en una lucha encarnizada por grabar su marca a fuego en nuestros surcos cerebrales. Quieren nuestra lealtad, quieren llegar a nuestras casas, quieren ser únicos para nosotros, y por eso gastan ingentes cantidades de dinero en hacernos creer que somos únicos para ellos, que poner nombres propios en las latas de refrescos nos harán identificarnos con ellos y quererlos un poquito. La estrategia de la personalización parece buena, pero no es viable si pensamos en que somos más de 7.000 millones de personas, por eso es mejor segmentar, agrupar al ganado en corrales más manejables, más fáciles de reconocer y a los que es más sencillo llegar. Las redes son el perro pastor que azuza al rebaño hasta meter a cada oveja en su cercado: las blancas allí, las negras aquí, las que tienen el pelaje largo a la derecha y las que balan por la noche a la izquierda. Así es, también, como se fomentan los sesgos, y toman la forma de una monstruosa quimera hecha de retales inconexos pero, que de pronto, conforman un prototipo humano, tan dañino como irreal: si te gustan los toros, llevas pulseras con la bandera, vas a misa y quieres tener muchos hijos eres de derechas, un fascista más bien. Punto. Si adoptas un perro, no llevas la bandera, no vas a misa y no te interesa tener muchos niños, eres de izquierdas, un maldito comunista. Punto. Esa es la situación a la que estamos yendo, y estamos yendo porque le hemos dado permiso al perro pastor para conducirnos hasta el corral que nos corresponde... según la Santa Madre IA. Que las redes sociales son una trampa... Pues sí. Que nos manipulan... También. Que no podemos hacer nada por impedirlo... Eso no, porque sí podemos hacerlo, solo que puede que no nos guste la forma. Y no, no se trata de desconectarse de las redes, aunque no estaría de más, sino en pensar. Pensar, aunque sea durante un minuto antes de reenviar algo, antes de creernos algo, antes de aceptar algo que han dicho por las redes, antes de defender algo o antes de atacarlo. Pensar un poco, reflexionar y, sobre todo, resistirnos a la polarización con todas nuestras fuerzas, porque una vez que estamos divididos, el siguiente paso es enfrentarnos. Por eso, si los intereses están en separarnos, en deshumanizarnos, creo firmemente que la mejor forma de luchar es humanizando y uniendo. Eso creo.


Fátima Gordillo

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